Síndrome de los veintitantos.

Le llaman la "crisis del primer cuarto de vida". Te empiezas a dar cuenta que tu círculo de amigos es más pequeño que hace unos años atrás. 

Te das cuenta de que cada vez es más difícil ver a tus amigos y coordinar horarios por diferentes cuestiones: trabajo, estudios, etc... 


Al parecer, funciona.

Después de tanto tiempo ausente, vuelvo para hablar un poco de lo que me está pasando. 
Entre este año nuevo que arrancó, los quehaceres de la universidad, el hecho de ir al día, querer adelantar para rendir, quedarme más tiempo acá estudiando, (y todo eso que quiero implementar), son pequeñas cosas que me están alejando un poco de muchas cosas que hacía antes, pero siento que me están haciendo ser "más productivo" y tengo un poco más de ganas de estudiar y aprender. Todo esto sumado a que "no les doy tanta bola" a los problemas de mi casa, me está ayudando a estar más tranquilo, más concentrado en lo que hago, a estar un poco mejor.
Después de tanto estar mal y sufrir por los problemas que habían en mi casa, decidí hacerme un poco a un lado de eso, y me di cuenta que todo funciona mejor. Ahora no me meto en las discusiones de mis papás (que cada vez son menos), no vuelvo tanto a mi casa los fines de semana, no pregunto tanto; sólo comparto, las buenas y las malas, y trato de disfrutar y evitar discusiones. Por otro lado, estoy tratando de hacer que sea más leve la convivencia con mi hermana; trato de no pelear tanto, no le doy bola, no le llevo el apunte. Ahora hago la mía, me preocupo más por mí; soy un poquito más egoísta. Y créanme, en realidad, funciona.
Ya prácticamente no juego a juegos (valga la redundancia) de computadora en red con amigos, uso mucho menos el Facebook, boludeo menos. Lo que sí hago ahora es mirar series, me di cuenta que es más interesante y te quita menos tiempo; además sirve para espabilarse un poco.
Estudio más tiempo, leo más, presto más atención en clase. Paso más tiempo en soledad. Escucho mucha música, hablo solo, y canto bien desafinado por la vida.
Podré parecer un loco, y posiblemente lo esté; pero todas estas pequeñas cosas me ayudan a estar mejor, a concentrarme más, a estar en paz. Y así, al parecer, me funciona.

Pascuas de mierda.

Domingo de viaje,
pasaje de vuelta,
poco equipaje
y viajo con ropa suelta.

Repleta como nunca está la terminal,
y se avecina el típico encuentro casual
entre gente desconocida,
que sin tener nada que ver
comparten su vida en este atardecer.

La madre con las tres hijas,
la señora de las valijas,
el tipo de los tatuajes,
el que se olvidó de sacar el pasaje
y el viejo al que no se le para la pija.

Los abuelos que quieren volver a casa,
las madres que preguntan "¿Qué pasa?"
porque el colectivo no viene,
el hombre de olor a chivo,
y el que sin disimulo,
le mira el culo a la madre de un nene.

Los tortolitos, la señora coqueta,
el musculito, la gorda pura teta,
la que está buena pero de lejos,
y el viejo que olvidó de subir la bragueta.

Los que escuchan cumbia sin auriculares,
la señora de los collares,
el inmigrante, nosotros
los benditos estudiantes,
uno que se parece a Del Potro,
y una chica de apellido Juárez.

El nerd que se parece a cuasimodo,
la tía que habla hasta por los codos,
el que tiene pinta de empresario,
el que lee el diario,
sí, hay de todo,
hasta el que silba finito como un canario.

El optimista que no desespera,
el guitarrista, una señora con dos camperas.
El viejo al que le faltan los dientes,
el que fuma sin parar
y al chofer no para de putear
y lo trata de delicuente.

Todos en plena disputa para subir
al colectivo que llega tarde y viene sin lugar,
la gente está que arde y lo empiezan a apretar:
"¡Hijo de puta, vas a morir!"
y sabés bien cual es la causa,
te faltan huevos, y no precisamente son de pascuas.

Dos horas más de espera
para el próximo coche cualquiera,
y para ponerle el broche a la vigilia 
viajamos de noche, sin familia,
sin casa, estamos afuera.

Tarde o temprano vamos a llegar,
pero se les fue de las manos,
no lo podemos negar.

Y las palmas hay que sacudir,
porque no perdí la calma
y eso es para aplaudir,
después de tres putas horas de demora
y una tarde cansadora,
termino las pascuas en casa
y tranquilo porque, tarde o temprano, todo pasa.

Adivinen quién volvió.


Volvimos,
a los restos de desayuno por la mañana,
a los mensajes inoportunos cuando estoy en clase,
a tener un neceser lleno de maquillaje;
volvimos a saber de mi hermana.

Volvimos,
a la crema de enjuague 
desparramada en la mesa del baño,
a cerrar con llave
mi pieza como si fuera un extraño,
a ponerme firme 
para que no use mi mate,
a escucharla decirme:
"No te comas todo el chocolate".

Volvimos,
a escuchar su horrible música fuerte,
a creer que ella es el "combustible" de mi mala suerte.
Volvimos a compartir el mismo coche,
y a pasar del día a la noche
hablando de reproches.

Volvimos,
a tener las bolas por el piso,
a preguntarnos "¿Y esto quién lo hizo?",
a los pelos rubios en el suelo,
a encontrar tirada la planchita para el pelo.

Volvimos,
a sacar cuatro veces por semana la basura,
a tener que escuchar puteadas sin censura.
A pelearnos por quién tiene que limpiar,
y a abrir la canilla cuando el otro se va a bañar.

Volvimos,
a las risas en común,
a quedarnos sin champú,
a compartir estúpidos silbidos
de canciones que no tienen sentido.
Volvimos a odiarnos y comunicarnos por notas,
a querernos, y demostrarlo en cuotas.

Volvimos,
a las bombachas colgadas en la cortina,
a saber que la paz se murió.
Adivinen quién volvió,
sí, volvió Agostina.

¿Quién muere?

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las íes a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no pregunta de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

Pablo Neruda.

Cualquier cosa.

Cuando te dicen hermosa
y no sabes qué decir,
cuando te da lo mismo y no sabes qué elegir,
para no caer en un abismo dices cualquier cosa.

Cuando sientes que no existe ese color de rosa
y no sabes si perdiste y te llegan dudas,
te niegas a pedir ayuda
y haces cualquier cosa.

Cuando sientas que en tu interior vuelan mariposas
y algo te suba y baje como un ascensor,
cuando entiendas lo que es el amor
vas a dejar de decir que es cualquier cosa.

Y cuando todo va mal,
y la vida se ve algo borrosa,
tequila, limón y sal
no parecen ser cualquier cosa.

Y cuando en un segundo pasan cien
y todo dura un santiamén,
ahí es cuando cualquier cosa,
cualquier cosa te viene bien.

Cartas a Julieta.

Me enamoré de tus defectos, te creí perfecta.
Por ti transformé mis ideas en un blog,
me volví escritor, poeta.
Un poeta que fracasó,
porque sin ser ningún Romeo,
pasaba sus recreos escribiendo cartas de amor,
para Julieta.

A decir verdad,
si se me diera por perder un poco la dignidad,
te diría que:
"Aunque sé que hay cosas que no harías por mi,
te regalo mi historia para que le des un final feliz."

Nunca pudimos llevarnos del todo bien,
por celos y por traiciones peleábamos todos los días,
lo peor fue cuando llegué a cien
contando una por una tus mentiras.

Siempre acepté tus perdones
más allá de que no te veía tan convencida,
hasta me creí que tus canciones
me alegraban el día.

Pero ya no hablo más contigo,
le estoy hablando a tu foto,
porque ya ni siquiera soy tu amigo,
y tú te fuiste con otro.

Hoy no uso el olvido para olvidarte,
uso el orgullo,
así como vos usaste el tuyo
para marcharte.

La historia que prometió ser buena.

Me tomo un momento y,
mientras escucho 'A fuego lento'
disfruto como si fuera una mañana
y aprecio la voz de Rossana
que es tranquilizante como el viento.

El club está lleno de gente,
estoy rodeado de adolescentes,
todos juntos y yo necesito aislarme,
concentrarme el algún asunto
que mantenga ocupada mi mente.

Es que he vuelto a caer en esta ilusión,
en esta confusión que me condena,
en esta historia que prometió ser buena
pero que en mi memoria me recuerda penas y penas.

He vuelto a pensar en ella,
a quien seguía como una estrella
que marcaba mi camino,
pero su guía no fue más que la de un crupier,
que todo te hace perder
en una noche de casino.

Resumen de la noche.

Parecía que me hubieran hecho 35 preguntas y yo las contesté todas juntas... Jajajajaja.


Nos hicieron creer...

"Nos hicieron creer que el ‘gran amor’, sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado.
Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.
Las personas crecen a través de la gente. Si estamos en buena compañía, es más agradable.
Nos hicieron creer en una fórmula llamada ‘dos en uno’: dos personas pensando igual, actuando igual, que era eso lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene nombre: anulación. Que sólo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable.
Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera de término, deben ser reprimidos. Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados.
Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad. No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes, y que podemos intentar otras alternativas. Ah, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto.
Cada uno lo va a tener que descubrir solito. Y ahí, cuando estés muy enamorado de vos, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien...
Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor aunque la violencia se practica a plena luz del día".


John Lennon

Sin internet.


¡Qué maldito aburrimiento!
Y todo porque no anda un puto cable.
¿Cómo puede ser tan indispensable
la conexión en este momento?

La computadora parece inservible,
como un auto sin combustible, un conductor sin carnet
o un guía que está perdido.
¿Cómo puedo estar tan aburrido
si sólo me falta internet?

Acomodo mi pieza,
sacudo mi cabeza
y leo mi novela de suspenso
que no recuerdo ni el comienzo.

Desconectado del mundo,
un segundo parece una hora.
Intento sumergirme en la naturaleza, pero ¡qué traidora!
toda su belleza se parece a una tormenta devastadora.

Está lleno de nubes, qué mierda de resolana.
¡Si hubo sol toda la mañana!
Ni siquiera puedo meterme a la pileta,
¡Qué mala cajeta!

Querido Arnet:
la puta que te parió,
me dejaste sin internet;
ni siquiera puedo subir esta nota al blog.

En vísperas de Navidad y Año Nuevo.

Esta mañana estaba en la peluquería y durante el proceso de espera, que duró unos 45 minutos, dos señoras grandes -madre e hija- se iban agradeciéndole al peluquero y a su señora por sus servicios y deseándoles felices fiestas. En ese momento se me vinieron mil cosas a la cabeza; fue un resumen de todo lo que había pasado en el año y llegar a darme cuenta de que ya estaba terminando, y de que sí, ya se viene la Navidad y el Año Nuevo.
Ya se presiente ese espíritu navideño en la mayoría de las personas; todos de buen humor, deseando cosas buenas, organizando todo para las noches del 24 y 31, haciendo compras, haciendo interminables llamados telefónicos para ponerse de acuerdo con familiares; los supermercados están llenos de budines y pan dulces; los canales de televisión que pasan películas empiezan a pasar las versiones de "Mi pobre angelito", y otras tantas películas relacionadas con la navidad, las creencias, la fe. La gente manda regalos a los amigos, las empresas mandan tarjetas y regalan almanaques del año próximo, algunos negocios organizan sorteos navideños, las radios hacen programas especiales, los jóvenes rezamos para que no llueva en las noches del 24 y el 31, y todo es lindo.
Y bueno, llega la noche buena y empiezan los preparativos. Que comemos acá, que comemos allá; por lo general, la casa de la abuela es la que gana y recibe a toda la familia. Empiezan las llamadas a los familiares para reunirlos a todos, y te encontrás con un poco de todo: los primos que viven en otras ciudades, las bisabuelas que no visitás nunca, el típico tío que siempre fue "el caso perdido" y ahora está trabajando -según él- en una súper empresa y llega y te cuenta detalles de cuán complicado es su trabajo y lo importante que es él, el otro tío que sólo de dedica a comprar algunos cuetes y fuegos artificiales y después se pone a hinchar las bolas con los nenes, los tíos abuelos que sólo saludás si los ves en la calle -y ellos te ven, si no te hacés el boludo- o para las cenas familiares, algún novio o novia de algún hermano o hermana o primo, esas tías postizas que vienen, te aprietan los cachetes y se dedican a hablar y reírse a carcajadas y vos tenés que adecuarte a las charlas por compromiso y con una sonrisa falsa, los nenes, que no comen nada de lo usual y tienen comidas especiales -que, en realidad, son más ricas- y esperan con ansias a Papá Noel, alguna que otra mujer que quedó viuda o soltera y es pariente y está invitada y va pero no habla mucho; y así, algún que otro personaje común en las familias que me esté olvidando. Siguen las llamadas y las indicaciones: "Vos traé esto, vos lo otro, yo pongo esto. Comemos a tal hora." Y ahí viene el dilema, "¿Dónde comemos? ¿Adentro o afuera?" Y claro, adentro. Las abuelas y bisabuelas empiezan a quejarse del "frío" -y eso que estamos en pleno verano- y los mosquitos y todo lo que sea necesario, entonces hay que comer adentro. La hora de la comida, por lo general es tipo 10 de la noche. Las charlas en la mesa son variadas; por lo general se forman grupitos momentáneos por su cercanía y hablan algunos temas en voz baja; siempre está esa anécdota que hace reír a todos, el recuerdo de algún familiar viejo que falleció, el recuerdo de un viaje; algún que otro chiste, una guitarreada coreada por todos, o aplaudida solamente porque las canciones son viejas y no saben la letra.
Llegan las 10 de la noche -la hora de comer- y vas a la casa de tu abuela y te encontrás con la típica mayonesa de ave hecha por tu abuela -o bisabuela en mi caso-, todo tipo de ensaladas y cosas raras, vinos y más vinos, después llega el asado, o el lechón, o cordero, o pollos rellenos -o asados también-, y después el postre, que, además de algo bien preparado, siempre te encontrás con el turrón durísimo que ni contra la mesa lo partís, los rocklets verdes, rojos y negros, el mantecol, las garrapiñadas, algún que otro budín o pandulce, y el champagne y las sidras para el tan ansiado brindis de las 12.
Todas éstas son cosas comunes que uno toma con un poco de humor para festejar la navidad a su manera y ver que las diferencias son cada vez menores, que tenemos más cosas en común de lo que pensamos, que estamos unidos y disfrutamos de la misma manera.

Les dejo esta frase de Bill McKibben para cerrar la nota: 
"No existe la Navidad ideal, sólo la Navidad que usted decida crear como reflejo de sus valores, deseos, queridos y tradiciones."

¡Les deseo que pasen una Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo!

Al parecer, YO soy el desubicado.

Hace exactamente cuatro días hábiles que estoy de vacaciones y, entre tanto ocio, no me queda otra que pensar y observar cada vez más detalles de lo que me pasa, y llegué a la conclusión de que todo me molesta y, evidentemente, de que YO SOY EL DESUBICADO.
Yo soy el desubicado por estar acostumbrado a vivir prácticamente sólo, y a ser una persona independiente que organiza sus quehaceres y no depende de nadie para establecer horarios; y, al llegar a mi casa de familia nuevamente, me molesta que mis papás me llamen cada dos por tres para ver qué voy a hacer, si vengo a comer a casa, si los espero con la comida al medio día cuando vuelven de trabajar, qué quiero comer, a qué hora vuelvo, y todo eso. Por esa molestia, soy el desubicado.
Yo soy el desubicado por querer levantarme temprano a la mañana para leer un libro -que me encanta y me atrapó-, y querer sentirme bien porque hago algo que le hace bien a mi mente y a mí -además de que me gusta-, y tener que sentirme frustrado porque viene mi hermana y se pone a mirar televisión al lado mío o pone música fuerte y logra que me desconcentre. Claro, yo soy el estudiante desubicado que no duerme hasta el media día en vacaciones y quiere hacer algo bueno, por eso lo molestan.
Yo soy el desubicado porque me molestan pequeñas cosas que hacen mis papás y son consideradas boludeces como, por ejemplo, ponerle un sobre de jugo Clight a una botella de agua de 1,25 litros; y resulta extremadamente puro, pero a ellos les gusta. Y encima, ¡ES DE MANZANA! ¡Por Dios!
Yo soy el desubicado por estar molesto porque mi hermana ocupe "mi" lugar en la mesa cuando nos sentamos a comer. Toda la vida mi hermana envidió "mi lugar" en la mesa, y me pedía que lo alternemos, entre día y noche; con el pasar de los años, ella se quedó con ese lugar y yo con el de ella; eso quedó aceptado así, a nadie le molesta, todos fuimos felices. Resulta que ahora se dio cuenta de que "mi nuevo lugar" es el mejor para ver televisión, y volvió a quitármelo.
Yo soy el desubicado por no querer ver el noticiero a la hora de comer, ni mucho menos los programas derivados de ShowMatch y los programas de chimentos; yo prefiero ver deportes o canales que pasen series o películas, o canales como Discovery, que enseñan algo. No quiero ver el noticiero, principalmente porque el 85 por ciento de las noticias son malas, un 10 por ciento son boludeces, y tan sólo un 5 por ciento pasan novedades o descubrimientos o cosas interesantes. Estoy harto de ver malas noticias y amargarme los días por lo que pasa en la televisión, y encima tener que discutir con el resto de la familia porque tenemos puntos de vista diferentes.
Yo soy el desubicado por pensar que mi hermana debería colaborar en poner o juntar la mesa y/o lavar los platos alguna que otra vez en la semana. Es cierto que estamos de vacaciones, pero nuestros papás también van a estarlo y no tienen por qué hacer todo lo de la casa. Somos cuatro en mi familia, y no cuesta nada si ayudamos entre todos o lo hacemos una vez cada uno. Yo me siento muy culpable y ayudo, pero me enferma que mi hermana se haga la boluda o conteste mal y se vaya sin hacer nada. Sí, ya sé, yo soy el desubicado por sentir que eso me molesta.
Yo soy el desubicado por pensar que, la mayoría de las veces, debemos ser extremadamente justos y exigir que cada uno tenga lo que se merezca. ¿Por qué voy a tener que sonreírte o perdonarte así porque sí cuando en realidad te me cagás de risa en mi cara? Me enferma que en muchas reuniones de amigos y amigas haya que tener que falsear a alguien para que el resto no piense que sos un odioso, idiota e imbécil que se enoja por boludeces y es tan frontal. Yo soy muy directo, digo lo que pienso, voy de frente y siempre hablo con fundamentos; pero ojo, no digo que eso esté perfectamente bien ni mal, es mi forma de ser y tiene sus consecuencias. Lo que pasa es que, por lo general, nadie es como yo, entonces, al ir de frente hace que resalte mucho entre los demás que miran atónitos a la situación y piensan "¡Qué idiota!". Y eso claramente me molesta. Cambié mucho últimamente, y eso creo que me hizo muy bien; no guardo rencores, no odio a nadie, siempre sonrío, saludo a personas que me hicieron daño, doy mi amistad y no tengo problemas con nadie; eso me reconforta. Pero me molesta que, al parecer, la justicia esté vista como algo desubicado en la sociedad.
En resumidas cuentas, no estoy tan mal como parezco al quejarme, es simplemente que necesito descargarme, escribirlo, transmitirlo. Estoy mucho mejor en estos últimos tres meses, me siento más entero, que aprovecho y disfruto más mis días, de mi vida. Cambié algunas cosas, pero sigo siendo como antes, y, por ende, sigo analizando cada detalle, y bueno, necesitaba expresarlo. Necesitaba decir que a veces siento que, al parecer, YO soy el desubicado.

De un estudiante universitario, al mundo que nos rodea.

Queridos papás, mamás, abuelos, amigos no universitarios, gente trabajadora, vecinos, conocidos de secundaria, parientes lejanos, kioskeros, preguntones en general:
¿Tanto cambió la universidad en los últimos 10 años? ¿Cómo es posible que tengas que explicar una y otra vez cómo funciona todo si ellos ya fueron? 4 palabras: cursar, regularizar, promocionar, rendir. ¿Tan difícil es? Me enferma tener que explicar eso cada vez; hasta inclusive me pasa con otros amigos que estudian otras carreras. ¿Tan distintos son esos institutos privados? ¡Dios! Bueno, acá va un pequeño instructivo con consejos de las cosas que no tienen que hacer:
Para comenzar, es un error garrafal preguntarle a un estudiante cómo le está yendo, y más en pleno verano. "¿En qué año estás?" es la pregunta más estúpida que podés hacerle a un universitario; (yo no puedo quejarme, pero) son muy pocos los que realmente hace 3 años que están estudiando y van en tercer año, es muy difícil decir que hacés todo en ese año que corresponde. Nunca van a entender que existen correlatividades, leyes, impedimentos que hacen que todo se complique (y ni hablar de salidas, boludeos, y cosas de la vida cotidiana).  De noviembre a marzo son los meses en los que los estudiantes se preparan para rendir materias, y esta con la cabeza quemada porque ya pasó un año entero, y no da más, y sigue estudiando a ver si puede rendir bien, y créanme que es insoportable escuchar "¿Cómo te está yendo?" o, mucho peor, "¿Cuántas te faltan? ¿Es la última?". ¡Aiii Dios! No existen las últimas. Nunca. Siempre hay algo más que hacer, algo más que rendir. Siempre algo queda. Nunca se termina, siempre hay que seguir estudiando.
Otra de las cosas que nunca van a entender, es cómo manejamos los tiempos los estudiantes. Cuánto tiempo es suficiente y cuánto es poco, sólo nosotros lo sabemos. Cuándo presentarnos y cuándo no, lo manejamos según sabemos o no. No es que no queremos estudiar o "nos relajamos", es que no llegamos bien y preferimos asegurar y rendir bien, antes de comernos otro 2 en la libreta.
Y a la hora de los exámenes, no hay consuelo que nos vaya a dejar tranquilos. Sólo nosotros sabemos cuánto dimos y cuánto no a la hora de estudiar. Me enferman los "No importa, la próxima" o, mucho peor, "y si no estudiaste nada, vivís de joda". A ver, a ver, ¿Qué mierda saben ustedes? La puta madre que los parió. Métanse los "no importa" en el orto. sí importa, y mucho. Cuando nos sentimos decepcionados por nosotros mismos, nada, pero nada, nos va a sacar de ese pozo, a excepción de una remontada en el estudio. Así que no insistan con consuelos estúpidos, limítense a escucharnos cuando queremos y a no hablarnos cuando estamos en ese momento; se lo vamos a agradecer mucho.
En resumen, entiendo su buena onda de querer saber y dar una palabra de aliento (o su falsedad para sacar temas de conversación), pero ahórrenselo o conformense con un "sí" o un "no" o un "más o menos" o un "bien" y ya. Esta época del estudiante es muy complicada, es cuando sigue cayendo, pero comienza a levantarse sólo ya darse cuenta cuánto cuestan las cosas, y aprende y se forma para la vida adulta. Así que, les ruego, no pregunten tanto.
Gracias por intentar entendernos, se lo agradecemos nosotros, los estudiantes universtarios.

Diciembre me vas a hacer llorar.

Empecé estudiando,
y el patio terminé limpiando.
Es cierto, ¡estoy harto ya!
No quiero saber nada con la facultad.

Me levanto y ya me quiero acostar,
duermo seis horas al día,
llevo de compañía un ventilador
que no puede atender a todos mis caprichos,
o me saca el calor o me espanta los bichos.

Qué momento el del estudiante,
cuando después de tres ó cuatro intentos fallidos,
empezamos a gritar enfurecidos
"¡¿Cómo mierda no me di cuenta antes?!"

Nos vivimos quejando de que estamos cansados,
nos sentimos agotados
y llegamos al punto de pensar
que es preferible trabajar que estudiar.

Quiero que termine este mes,
ya tengo las bolas como un escuerzo
de escuchar una y otra vez:
"¡Vamos, es el último esfuerzo!".

Ya llega el fin de año y estoy empezando a delirar,
mientras mi mente desequilibro
voy a escribir un libro y lo voy a llamar
"Diciembre me vas a hacer llorar".

Espero que en un futuro no me arrepienta
de querer que estos turnos se terminen,
pero no sé ni que día es hoy, ya perdí la cuenta,
y no es que alucine pero me siento un extraño,
pero sé que es normal, porque por lo general,
me pasa los diciembres de cada año.