Ya no ocupo ese lugar.

Ya no me escribes para contarme qué te pasa,
ya no me pides ayuda
ni vienes a sacarte tus dudas;
tu arte ya no viene a mi casa
a contarme tu verdad desnuda.

Ya no tengo de tu mente una radiografía,
ni conozco cada uno de tus secretos,
es que ya no soy uno de tus amuletos,
y soy consciente de que ya pasaron esos días.

Ya no eres tan sincera conmigo
como cuando era tu mejor amigo,
ya no puedo oirte cantar
ni sentarme a verte llorar,
ya no puedo abrazarme contigo
porque ya no ocupo ese lugar.

Sólo somos un par de desconocidos
que no se hablan,
ni se cantan, ni se saludan,
que están perdidos
y no se ayudan,
que ya ni recuerdan de la promesa
de ir juntos al altar.
Ya no estoy en tu cabeza,
ya no ocupo ese lugar.

Queda prohibido.


¿Qué es lo verdaderamente importante?
Busco en mi interior la respuesta,
y me es tan difícil de encontrar.
Falsas ideas invaden mi mente,
acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
aturdida en un mundo de falsas ilusiones,
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
la violencia, el odio, la indiferencia,
se convierten en adorados héroes.
Me preguntas cómo se puede ser feliz,
cómo entre tanta mentira se puede vivir,
es cada uno quien se tiene que responder,
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:
queda prohibido llorar sin aprender,
levantarme un día sin saber qué hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme sólo alguna vez.
Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.
Queda prohibido no demostrarte mi amor,
hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
recordarte sólo cuando no te tengo.
Queda prohibido dejar a mis amigos,
no intentar comprender lo que vivimos,
llamarles sólo cuando les necesito,
no ver que también nosotros somos distintos.
Queda prohibido no ser yo ante la gente,
fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a toda la gente que me quiere.
Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,
no creer en mi dios y hacer mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,
olvidar los momentos que me hicieron quererte,
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen más que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
pensar que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,
dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.

Síndrome de los veintitantos.

Le llaman la "crisis del primer cuarto de vida". Te empiezas a dar cuenta que tu círculo de amigos es más pequeño que hace unos años atrás. 


Te das cuenta de que cada vez es más difícil ver a tus amigos y coordinar horarios por diferentes cuestiones: trabajo, estudios, etc... 

Y cada vez disfrutas más de esa cervecita que sirve como excusa para conversar un rato. 

Las multitudes ya no son "tan divertidas"... incluso a veces te incomodan. 

Y extrañas la comodidad del colegio, de los grupos, de sociabilizar con la misma gente de forma constante. 

Pero te empiezas a dar cuenta que mientras algunos son verdaderos amigos otros no eran tan especiales después de todo. Entendiste que la amistad después de todo no se basa en el tiempo, sino en la calidad de la personas que tienes a tu lado. 

Te empiezas a dar cuenta de que algunas personas son EGOÍSTAS y que, a lo mejor, esos amigos que creías cercanos o que los conservas desde hace mucho tiempo, no son exactamente las mejores personas que has conocido y que hay más gente que te rodea, a quienes le debes poner mayor atención y verás quienes resultan ser amigos de los más importantes para ti. 

Ríes con más ganas, pero lloras con menos lágrimas, y con más dolor. 

Entendiste que el tiempo no sana las heridas, sino que alarga las agonías. 

Aprendiste que las peleas son distintas a las discusiones y que las discusiones surgen en base al cariño y engrandecen las relaciones. 

Entendiste que los tiempos no existen y que las desiciones hay que tomarlas alguna vez en la vida. 

Aprendiste que alguien más que tú puede tener la razón, y que con los sentimientos ajenos no se juega. 

Aprendiste que las parejas van y vienen, y que hay gente que queda y que siempre estará. 

Aprendiste a escuchar y a valorar los pequeños detalles del resto, que marcan la diferencia entre las multitudes. 

Aprendiste que la calidez de palabras, los oidos atentos, las palabras sinceras y una incondicional lealtad, no te la da nadie más que un verdadero amigo. 

Aprendiste que la confianza es algo que se siembra, se riega, se cultiva y se cosecha, que hay que ganásela y saber mantenerla. Que es para una persona especial, que no es para todos, y que lamentablemente no se regala y cuando se pierde es imposible recuperarla. 

Te rompen el corazón y te preguntas cómo esa persona que significaba tanto te pudo hacer tanto mal. 

O quizás te acuestes por las noches y te preguntes por qué no puedes conocer a una persona lo suficientemente interesante como para querer conocerla mejor. 

Los ligues y las citas de una noche te empiezan a parecer baratos, y emborracharte y actuar como un idiota empieza a parecerte verdaderamente estúpido. 

Salir tres veces por fin de semana resulta agotador y significa mucho dinero para tu pequeña billetera. 

Tratas día a día de empezar a entenderte a ti mismo, sobre lo que quieres y lo que no. 

Tus opiniones se vuelven más fuertes. 

Ves lo que los demás están haciendo y te encuentras a ti mismo juzgando un poco más de lo usual porque de repente tienes ciertos lazos en tu vida y adicionas cosas a tu lista de lo que es aceptable y de lo que no lo es. 

A veces te sientes genial e invencible, y otras... con miedo, solo y confundido. 

De repente tratas de aferrarte al pasado, pero te das cuenta de que el pasado cada vez se aleja más y que no hay otra opción que seguir avanzando y de saber conservar bien el presente porque será tu unica compañía en el futuro. 

Lo que puede que no te des cuenta es que todos los que estamos leyendo esto nos identificamos con ello. 

Todos nosotros tenemos "veintitantos" y nos gustaría volver a los 15 -16 algunas veces, pero sabemos que hay gente que ha aparecido en nuestro camino durante estos ultimos años que son únicos. 

Parece ser un lugar inestable, un camino en tránsito, un desbarajuste en la cabeza... pero TODOS dicen que es la mejor época de nuestras vidas y no tenemos que desaprovecharla por culpa de nuestros miedos... 

Dicen que estos tiempos son los cimientos de nuestro futuro, que las amistades universitarias son las verdaderas y que estamos entrando a la realidad de nuestras vidas. 

Parece que fue ayer que teníamos 16... ¿¡Entonces mañana tendremos 30!? ¿¿¿¡¡¡Así de rápido!!!??? 

HAGAMOS VALER NUESTRO TIEMPO... QUE NO SE NOS PASE! "La vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento"...

Al parecer, funciona.

Después de tanto tiempo ausente, vuelvo para hablar un poco de lo que me está pasando. 
Entre este año nuevo que arrancó, los quehaceres de la universidad, el hecho de ir al día, querer adelantar para rendir, quedarme más tiempo acá estudiando, (y todo eso que quiero implementar), son pequeñas cosas que me están alejando un poco de muchas cosas que hacía antes, pero siento que me están haciendo ser "más productivo" y tengo un poco más de ganas de estudiar y aprender. Todo esto sumado a que "no les doy tanta bola" a los problemas de mi casa, me está ayudando a estar más tranquilo, más concentrado en lo que hago, a estar un poco mejor.
Después de tanto estar mal y sufrir por los problemas que habían en mi casa, decidí hacerme un poco a un lado de eso, y me di cuenta que todo funciona mejor. Ahora no me meto en las discusiones de mis papás (que cada vez son menos), no vuelvo tanto a mi casa los fines de semana, no pregunto tanto; sólo comparto, las buenas y las malas, y trato de disfrutar y evitar discusiones. Por otro lado, estoy tratando de hacer que sea más leve la convivencia con mi hermana; trato de no pelear tanto, no le doy bola, no le llevo el apunte. Ahora hago la mía, me preocupo más por mí; soy un poquito más egoísta. Y créanme, en realidad, funciona.
Ya prácticamente no juego a juegos (valga la redundancia) de computadora en red con amigos, uso mucho menos el Facebook, boludeo menos. Lo que sí hago ahora es mirar series, me di cuenta que es más interesante y te quita menos tiempo; además sirve para espabilarse un poco.
Estudio más tiempo, leo más, presto más atención en clase. Paso más tiempo en soledad. Escucho mucha música, hablo solo, y canto bien desafinado por la vida.
Podré parecer un loco, y posiblemente lo esté; pero todas estas pequeñas cosas me ayudan a estar mejor, a concentrarme más, a estar en paz. Y así, al parecer, me funciona.

Pascuas de mierda.

Domingo de viaje,
pasaje de vuelta,
poco equipaje
y viajo con ropa suelta.

Repleta como nunca está la terminal,
y se avecina el típico encuentro casual
entre gente desconocida,
que sin tener nada que ver
comparten su vida en este atardecer.

La madre con las tres hijas,
la señora de las valijas,
el tipo de los tatuajes,
el que se olvidó de sacar el pasaje
y el viejo al que no se le para la pija.

Los abuelos que quieren volver a casa,
las madres que preguntan "¿Qué pasa?"
porque el colectivo no viene,
el hombre de olor a chivo,
y el que sin disimulo,
le mira el culo a la madre de un nene.

Los tortolitos, la señora coqueta,
el musculito, la gorda pura teta,
la que está buena pero de lejos,
y el viejo que olvidó de subir la bragueta.

Los que escuchan cumbia sin auriculares,
la señora de los collares,
el inmigrante, nosotros
los benditos estudiantes,
uno que se parece a Del Potro,
y una chica de apellido Juárez.

El nerd que se parece a cuasimodo,
la tía que habla hasta por los codos,
el que tiene pinta de empresario,
el que lee el diario,
sí, hay de todo,
hasta el que silba finito como un canario.

El optimista que no desespera,
el guitarrista, una señora con dos camperas.
El viejo al que le faltan los dientes,
el que fuma sin parar
y al chofer no para de putear
y lo trata de delicuente.

Todos en plena disputa para subir
al colectivo que llega tarde y viene sin lugar,
la gente está que arde y lo empiezan a apretar:
"¡Hijo de puta, vas a morir!"
y sabés bien cual es la causa,
te faltan huevos, y no precisamente son de pascuas.

Dos horas más de espera
para el próximo coche cualquiera,
y para ponerle el broche a la vigilia 
viajamos de noche, sin familia,
sin casa, estamos afuera.

Tarde o temprano vamos a llegar,
pero se les fue de las manos,
no lo podemos negar.

Y las palmas hay que sacudir,
porque no perdí la calma
y eso es para aplaudir,
después de tres putas horas de demora
y una tarde cansadora,
termino las pascuas en casa
y tranquilo porque, tarde o temprano, todo pasa.

Adivinen quién volvió.


Volvimos,
a los restos de desayuno por la mañana,
a los mensajes inoportunos cuando estoy en clase,
a tener un neceser lleno de maquillaje;
volvimos a saber de mi hermana.

Volvimos,
a la crema de enjuague 
desparramada en la mesa del baño,
a cerrar con llave
mi pieza como si fuera un extraño,
a ponerme firme 
para que no use mi mate,
a escucharla decirme:
"No te comas todo el chocolate".

Volvimos,
a escuchar su horrible música fuerte,
a creer que ella es el "combustible" de mi mala suerte.
Volvimos a compartir el mismo coche,
y a pasar del día a la noche
hablando de reproches.

Volvimos,
a tener las bolas por el piso,
a preguntarnos "¿Y esto quién lo hizo?",
a los pelos rubios en el suelo,
a encontrar tirada la planchita para el pelo.

Volvimos,
a sacar cuatro veces por semana la basura,
a tener que escuchar puteadas sin censura.
A pelearnos por quién tiene que limpiar,
y a abrir la canilla cuando el otro se va a bañar.

Volvimos,
a las risas en común,
a quedarnos sin champú,
a compartir estúpidos silbidos
de canciones que no tienen sentido.
Volvimos a odiarnos y comunicarnos por notas,
a querernos, y demostrarlo en cuotas.

Volvimos,
a las bombachas colgadas en la cortina,
a saber que la paz se murió.
Adivinen quién volvió,
sí, volvió Agostina.

¿Quién muere?

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las íes a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no pregunta de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

Pablo Neruda.